No me arrepiento de este amor…

Así rezaba una publicidad que hace algunos años atrás que pretendía fomentar el turismo en Mar de las Pampas, ese paraje mágico que conquistó mi corazón y el de aquel novio lindo con el que fui por primera vez, allá por el 2006. 

Y los años pasaron y mutamos de cuerpo, de alma, de estado y ¡en número!, hasta ser lo que somos hoy, una familia de cuatro.

No podría afirmar con certeza que sea nuestro lugar en el mundo porque ya transitando mi año número cuarenta rumbo a saborearlo completo, entiendo que “el” lugar en el mundo es allí dónde están los afectos más indelebles y donde sea que ellos vayan.

Sí puedo decir que cada vez que voy, el ruido externo se silencia y vuelvo a escuchar voces profundas de mi aldea que susurran bajito pero contundentes. No creo que se trate de un delirio sino de todo lo conectada que puedo estar allí, en ese lugar que sabe salado y también a paz y a libertad.

Como cada vez, renové mis votos con el mar. Yo le dejo aquello que no quiero cargar más y traigo algo que él me quiera dar. Y así, nos re-enamoramos y nos besamos un rato en la playa y juramos volver a vernos. Y siempre sucede. Nos volvemos a ver. Porque de algo estoy segura: somos lo mismo, él se mira en mí y yo en él y nos regalamos elogios, flores y poemas.

Estar a sus pies me lleva a la libertad de la infancia, a la honestidad más transparente, al alma desnuda, a la mano que no tiembla. Soy yo, sin nada más que yo, constelada como todo lo demás, como partes de un mismo cielo.

Ahí, en ese momento, me bajan las defensas, se retira la guardia, se caen mis muros. 

Me caigo y me levanto; lloro y río. 

Soy mar y también la playa donde sus olas rompen con una insistencia robusta, de esas que nunca adelgazan. Y la espuma de la rompiente y las caracolas arrolladas. Soy arena y médano vivo. Son bandada de gaviotas sedientas y el agua que beben.

Así, detenida en el tiempo la veo y me veo: libre, hablando con los duendes, jugando con el mar [o conmigo]… o con todo lo que existe.

¡Hay tanto de ella que me recuerda a mí!

Una niña misteriosa que guarda sus secretos de un mundo interno poblado y rico, repleto de magia. Le veo las chispas centellando, hasta las chiquitas y me conquista una vez más la calma de saber que no me he perdido nada. 

La contemplo, la acompaño, la materno desde hace un lustro y meses y no me perdí un sólo detalle. 

Nada de nada. Ni un poquito.

Ni siquiera esos días en que la “domesmaternidad” me tomaba por el cuello y me asfixiaba de tareas que vienen por añadidura con esta decisión de maternar de cerca, bien cerquita. O aquellos otros en dónde la economía familiar demandaba la productividad de moda en la que estamos todos empantanados y yo producía “sólo” caricias, presencia, paciencia, desvelos, arrullos, canciones, guisitos para mojar el pan, palabras mágicas y cuentos instantáneos que ahora me cuenta ella con su “r” resbalosa y genial.

Y vuelve entonces, como música, aquella frase que también supo ser canción.

“No me arrepiento de este amor”. La susurran las copas de los pinos que secretean con los pájaros y se cuentan cosas sin saber que aquella pequeña alquimista me da el poder de entender lo que dicen: nos honran y nos bendicen. 

A la risueña hadita marina que visitó por primera vez ese soñado “mardelaspampas” flotando en mi vientre, le dedico estas líneas demoradas.

No pienso perderme nada, mi chiquita. Aunque tarde un poco más en llegar a mis otros sueños por querer hacerlo tomada de tu mano y la de tu pequeña hermana, a sus ritmos.

¡Cómo arrepentirme de este amor!